EL ELOGIO DE LOS JUECES PIERO CALAMANDREI PDF

Pero sobre todo constituye una gua y conduccin de la tica y valores que deben prevalecer en el actuar de los abogados en los litigios, as como de los jueces en su tarea de imparticin de justicia, y como producto de lo anterior, en las relaciones que se dan entre ambos actores. Seala Calamandrei, que el primer requisito que debe reunir un abogado, es que debe tener fe en los jueces, y que en su actuar, ambas partes deben desempearse y conducirse con verdad sobre los hechos y las conductas de sus clientes, procurando siempre en esa relacin, la bsqueda de la verdad, probablemente, en muchos casos resulte difcil llegar a ella, en toda su plenitud, pero lo que no se puede dejar de hacer, es que el trabajo que realicen todos los actores en el juicio, sea tendiente a ese fin, para que de esa forma, se acerquen ms a la verdad, y como consecuencia de ello, a la debida imparticin de justicia. En este sentido, Calamandrei, expone y desarrolla, la conducta tica que los litigantes, deben observar para con los jueces, y viceversa, la que tambin debe de existir de stos haca los litigantes, incluso dice que debe ser de amor y de respeto. Y en cuanto a esto ltimo, tambin es fundamental que en la prctica diaria, ambas partes sientan respeto por lo que cada quien hace y aporta en la imparticin de justicia, para que ninguno de ellos, demerite el trabajo de los otros.

Author:Brakree Kiganris
Country:Uganda
Language:English (Spanish)
Genre:Art
Published (Last):2 November 2018
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Una frase ingeniosa, que no hiciese avanzar un paso a la verdad, pero que atacase en lo vivo cualquier defecto del defensor contrario, produca el entusiasmo del pblico, como hoy, en el estadio, el golpe maestro de un futbolista.

Y cuando el abogado se levantaba para informar, dirigase al pblico con el mismo gesto del pgil que al subir al ring muestra la turgencia de los bceps.

Pero hoy, cuando todos saben que en cada proceso, aun en los civiles, se ventila, no un juego atltico, sino la ms celosa y alta funcin del Estado, no se acude a las Salas de justicia para admirar escaramuzas. Los abogados no son ni artistas de circo ni conferenciantes de saln: la justicia es una cosa seria.

Yo me pregunto me deca condencialmente un juez si en el comportamiento extrao de ciertos abogados en la audiencia pblica, no habr la misteriosa intervencin de algn medium. Detenerse con ellos en la calle a hablar del tiempo que hace, es un delicioso placer; saben que no est bien levantar la voz en la conversacin, se abstienen de emplear palabras enfticas para expresar cosas sencillas, gurdanse de interrumpir la frase de su interlocutor y de inigirle el tormento de largos periodos; y cuando entran en una tienda a comprar una corbata o se sientan a conversar en un saln, no se ponen a dar puetazos sobre el mostrador ni a apuntar con el ndice, desorbitados los ojos, contra la seora de la casa que sirve el t.

Y, sin embargo, esas mismas personas, tan bien educadas, cuando estn en audiencia, olvidan la urbanidad y los buenos modales. Con los cabellos desordenados y congestionado el rostro, emiten una voz estridente y gutural, que parece amplicada por las arcanas concavidades de otro mundo; emplean gestos y vocabulario que no son los suyos, y hasta alteran tambin he podido observarlo la pronunciacin habitual de ciertas consonantes.

Habr, pues, qu creer que caen como suele decirse, en trance, y que a travs de su inerte persona habla el espritu de algn charlatn de feria escapado del inerno? As debe ser; no se comprendera de otra manera cmo pueden suponer que, para hacerse tomar en serio por el Tribunal, tengan que gritar, gesticular y desorbitar los ojos en la audiencia de tal modo, que si lo hicieran en sus casas, cuando estn sentados a la mesa con su familia, entre sus inocentes hijitos, desencadenaran una clamorosa tempestad de carcajadas.

No puede ser un buen abogado quien est siempre a punto de perder la cabeza por una palabra mal entendida, o que ante la villana del adversario, slo sepa reaccionar recurriendo al tradicional gesto de los abogados de la vieja escuela de tomar el tintero para arrojrselo.

La noble pasin del abogado debe ser siempre consciente y razonable; tener tan dominados los nervios, que sepa responder a la ofensa con una sonrisa amable y dar las gracias con una correcta inclinacin al presidente autoritario que le priva del uso de la palabra. Est perfectamente demostrado ya que la vociferacin no es indicio de energa, y que la repentina violencia no es indicio de verdadero valor; perder la cabeza durante el debate representa casi siempre hacer que el cliente pierda la causa.

El abogado que creyera atemorizar a los jueces a fuerza de gritos, me recordara al campesino que, cuando perda alguna cosa, en lugar de recitar plegarias a san Antonio, abogado de las cosas perdidas, comenzaba a lanzar contra l una serie de blasfemias, y despus quera justicar su impo proceder diciendo: A los santos, para hacer que nos atiendan, no hay que rogarles, sino meterles miedo. El aforismo iura novit curia la curia conoce las leyes no es solamente una regla de derecho procesal, la cual signica que el juez debe hallar de ocio la norma que corresponde al hecho, sin esperar a que las partes se la indiquen, sino que es tambin una regla de correccin forense, que in3 P I E RO C A L A M A N D R E I dica al abogado, si siente inters por la causa que deende, que le conviene no dar la impresin de ensear a los jueces el derecho; por el contrario, la buena educacin impone que se les considere como maestros.

Ser gran jurista, pero a la verdad psimo psiclogo y, por consiguiente, mediocre abogado , quien hablando a los jueces como si estuviese en ctedra, los molestara con la ostentacin de su sabidura y los fatigara con inusitadas y abstrusas exposiciones doctrinales. Me viene a la memoria aquel viejo profesor de medicina legal, que dndose cuenta de que un examinando haba utilizado para prepararse, en lugar de sus apuntes, amarillentos por cincuenta aos de uso, un difcil texto moderno, le dijo, interrumpindolo con semblante suspicaz: Joven, me parece que quieres saber ms que yo.

Y lo suspendi. Yo tengo confianza en los abogados me deca un juez, porque abiertamente se presentan como defensores de una de las partes y confiesan as los lmites de su credibilidad; pero desconfo de ciertos jurisconsultos de la ctedra que, sin firmar los escritos y asumir abiertamente la funcin de defensor, colocan dentro de la carpeta de la causa, dirigidos a nosotros, los jueces, cual si fusemos sus alumnos, ciertos dictmenes que titulan por la Verdad, como queriendo hacer creer que con los tales dictmenes no estiman ellos hacer obra de patrocinadores de una de las partes, sino de maestros desinteresados que no se cuidan de las cosas terrenales.

Esta era tambin la opinin de un ilustre jurisconsulto, que entenda algo de estas cosas, aadi el juez, quien a ratos perdidos, era tambin erudito; y me recit un pasaje de Scaccia que dice as: Ego quidam, contra cuius causam allegabatur consilium antiqui et valentis doctoris, dicebam: amice, si pars adversa, quae eo tempore litigabat, adivisset prius illum doctorem cum pecunia, tu nunc in causa tua haberes consilium illius pro te Cuando el abogado, hablando ante el juez, tiene la impresin de que la opinin de ste sea contraria a la suya, no puede encararse directamente con l como pudiera hacerla con un contradictor situado en el mismo plano.

El abogado se encuentra en la difcil situacin de quien, para refutar a su interlocutor, tiene ante todo que lisonjearlo; de quien, para hacerle comprender que no tiene razn, debe comenzar por declarar que est en perfecto acuerdo con l. Tpico es, como ejemplo de tal expediente, el exordio de aquel defensor que debiendo sostener una determinada tesis jurdica ante una Sala que haba ya resuelto dos veces la misma cuestin contradicindose, comenz su discurso diciendo: La cuestin que yo trato no admite ms que dos soluciones.

Esta Excelentsima Corte lo ha resuelto ya dos veces, la primera en un sentido, la segunda en sentido contrario Despus, con una inclinacin Amo la toga, no por los adornos dorados que la embellecen, ni por las largas mangas que dan solemnidad al ademn, sino por su uniformidad estilizada, que simblicamente corrige todas las intemperancias personales y difumina las desigualdades individuales del hombre bajo el oscuro uniforme de la funcin.

La toga, igual para todos, reduce a quien la viste a ser un defensor del derecho, un abogado, a quien se sienta en los sitiales del Tribunal es un juez, sin adicin de nombres o ttulos.

Es de psimo gusto presentar en audiencia, bajo la toga, al profesor Ticio o al Excmo. Tambin la peluca de los abogados ingleses, que puede parecer un ridculo anacronismo, tiene el mismo objeto de armar el ocio sobre el hombre; hacer desaparecer al profesional, que puede hasta ser calvo y canoso, bajo la profesin, que tiene siempre la misma edad y el mismo prestigio. La justicia no sabe qu hacer con aquellos abogados que acuden a los Tribunales, no para aclarar a los jueces las razones del cliente, sino para mostrarse a s mismos y poner de manifiesto sus propias cualidades oratorias.

El defensor debe tratar nicamente de proyectar su virtud clarificadora sobre los hechos y sobre los argumentos de la causa, y de mantener en la sombra la propia persona, a la manera de esos modernsimos mecanismos de iluminacin, llamados difusores que, escondiendo la fuente luminosa, hacen aparecer las cosas como transparentes por una agradable fosforescencia interna que les fuera propia.

Al contrario de las lmparas de luz directa, prepotentes y descaradas: que deslumbran a quien las mira, y alrededor, sobre los objetos, no se ve ms que oscuridad. El abogado que, durante la discusin, en vez de hablar de la causa, habla de s mismo, comete con los jueces que le escuchan una falta de respeto semejante a la que cometera si, en lo ms hermoso del discurso, 7 P I E RO C A L A M A N D R E I se quitase la toga para hacer notar a los jueces que lo viste el mejor sastre de la ciudad.

El abogado debe saber sugerir al juez tan discretamente los argumentos para que le d la razn, que lo deje en la conviccin de que los ha encontrado por s mismo.

Sin probidad no puede haber justicia; pero probidad quiere decir tambin puntualidad, que sera una probidad de orden inferior, utilizable en las prcticas secundarias de administracin ordinaria. Dgase esto tambin del abogado cuya probidad se revela en la forma modesta, pero continua, en la precisin con que ordena los legajos, en la compostura con que viste la toga, en la claridad de su escritura, en la parsimonia de su discurso, en la diligencia con que cumple el deber de presentar los escritos en el da sealado.

Y esto, sin ofensa de nadie, dgase tambin de los jueces, cuya probidad no consiste solamente en no dejarse corromper, sino tambin, por ejemplo, en no hacer esperar dos horas en el pasillo a los abogados y a las partes citadas para dar principio a una prueba testimonial. En la Sala de un alto Tribunal asist una vez a un episodio que me dej cierta amargura: no por m, espectador, sino por la dignidad del oficio. No bien haba empezado, cuando el joven presidente, ms conocido por su falta de paciencia que por su tolerancia, lo interrumpi sarcsticamente: Ya lo veo.

Es usted uno de esos abogados que, cuando empiezan a hablar, quieren poner en nuestro conocimiento hasta las comas El viejo abogado, sin mostrar que adverta siquiera el desaire, se inclin: Seor presidente, no tengo nada ms que decir. Y renunci al uso de la palabra. Al salir, me preguntaba yo: Qu es peor para la buena marcha de la justicia, un abogado locuaz o un magistrado irascible? Hace cuarenta aos que profeso la abogaca, y sin embargo no podra presentarme en audiencia para una discusin sin haberme preparado antes, escribiendo un breve resumen de lo que habr de decir, lo sucientemente elstico como para modicado si es preciso y lo sucientemente completo como para conservar en el discurso el orden y la claridad.

Y cada vez que tengo que discutir, me siento rejuvenecido; en efecto, antes de empezar siento en el estmago la misma pesadez que experimentaba momentos antes de rendir exmenes, y luego, cuando he comenzado, algo as como una excitacin eufrica que tambin entonces se apoderaba de m frente a la mesa de los examinadores.

Psimo examinador es aquel que asusta al estudiante mirndolo con ojos hostiles, o que lo desanima hacindole entender que no presta atencin a lo que dice. Los jueces tambin deberan tratar de ser siempre examinadores pacientes y amables. La justicia es una cosa muy seria; pero precisamente por ello no es necesario, seor juez, que usted, desde su asiento, me frunza con ereza el entrecejo. Esa mscara feroz con que usted me mira, me acobarda, y me impulsa a ser difuso, en espera de leer una seal de comprensin en esa faz de piedra.

Entre personas razonables, es preciso, para entenderse, estar tambin dispuestos a sonrer: con una sonrisa se ahorran tantos razonamientos intiles! El ceo es un muro, y en cambio, la sonrisa, una ventana. Seor juez: estoy aqu abajo desgaitndome para hablar de asuntos muy importantes, como lo son la libertad y el honor de un hombre.

Sea amable, seor juez: de cuando en cuando, para hacerme ver que est en casa, asmese a la ventana. Existe entre los abogados y los magistrados cierta tendencia a considerar como materia de inferior categora las cuestiones de hecho y a dar a la calificacin de pruebista un significado despectivo, siendo as que quien busque en los defensores y en los jueces ms la realidad que la apariencia, debera estimar tal calificacin como un ttulo de honor.

El que atienda los hechos, magistrado o abogado, es un hombre honrado, modesto, pero honesto, para quien dar con la solucin justa que corresponda con mayor claridad a la realidad concreta, interesa ms que el gurar como colaborador de revistas jurdicas, y que pensando ms en el bien de los justiciables que en el propio se somete por ellos al profundo estudio de los autos, que exige abnegacin y no da gloria. Es una lstima que en el ordenamiento actual de la carrera judi- cial, la constancia con que el juez oye a los testigos y la diligencia con que anota los documentos no sean, como las sentencias brillantemente fundadas en derecho, ttulos que se puedan hacer valer en los concursos; por eso, el juez que preere las cuestiones de derecho, piensa muy a menudo, ms que en la justicia, en el ascenso.

PIERO CALAMANDREI Cuentan de un mdico que cuando era llamado a la cabecera de un enfermo, en lugar de ponerse a examinarlo y a auscultarlo pacientemente a n de diagnosticar su enfermedad, comenzaba a declamar disertaciones loscas sobre el origen metafsico de la enfermedad que, a su entender, demostraba que el auscultar al enfermo y el tomarle la temperatura eran operaciones superuas.

Los familiares que esperaban el diagnstico en torno al lecho, quedaban maravillados de tanta sabidura, y el enfermo, a las pocas horas, mora tranquilamente. A ese mdico, de querer denirlo en jerga forense, se lo podra lla- mar un especialista en cuestiones de derecho. Ex facto oritur ius [del hecho surge el derecho] es un viejo aforismo, cauto y honesto, que supone en quien desea juzgar bien, determinar, ante todo, con delidad minuciosa, los hechos discutidos.

Pero ciertos abogados lo entienden al revs; una vez que han excogitado una brillante teora jurdica que se presta a virtuosismos de fcil ingenio, ajustan a ella exactamente los hechos, siguiendo las exigencias de la teora; y as ex iure oritur factum [del derecho surge el hecho].

No es buen abogado aquel que no sabe resistir a la embriagadora tentacin de ensayar in corpore vili sus nuevos descubrimientos tericos; cuando se trata de operar sobre la carne viva del cliente, la discrecin le debe aconsejar, aunque como jurista crea que la jurisprudencia dominante es equivocada, atenerse como abogado al video meliora proboque, deteriora vero sequor [veo lo mejor y lo apruebo, pero sigo lo peor].

Elegantes cuestiones de derecho; intiles parntesis de distincin y de agilidad, tiles solamente para destrozar la claridad del tema, semejantes a aquellas acrobticas variaciones con que a ciertos virtuosos del violn les gusta embrollar, a la mitad, la msica de una sonata.

Se repite con frecuencia que la prueba testimonial es el instrumen- to tpico de la mala fe procesal; y que de testigos desmemoriados, cuando no sobornados, la justicia no puede esperar ms que traiciones.

Ser verdad; pero yo me temo que de esta tradicional lamentacin contra la falacia de los testimonios puede ser en gran parte responsable la ineptitud o la holgazanera de los encargados de recibirlos. Cuando se ve que, en ciertos Tribunales, los jueces delegados para la instruccin de los asuntos civiles acostumbran acaso por estar excesivamente cargados de otras funciones dejar a los secretarios o a los procuradores la delicadsima misin de interrogar a los testigos, hay razn para pensar que si stos no dicen la verdad, la culpa no es toda de ellos.

Un 3 PIERO CALAMANDREI juez sagaz, resuelto y voluntarioso, que tenga cierta experiencia del alma humana, que disponga de tiempo y no considere como morticante trabajo de amanuense el empleado en recoger las pruebas, consigue siempre obtener del testigo, aun del ms obtuso y del ms reacio, alguna preciosa partcula de verdad.

Sera conveniente que en la preparacin profesional de los magis- trados se comprendiesen amplios estudios experimentales de psicologa de los testigos; y que en las promociones, ms que a la sabidura con que el juez sepa leer en los cdigos impresos, se considerase ttulo de mrito la paciente penetracin con que supiera descifrar las criptografas ocultas en el corazn de los testigos. A veces, en los procesos, la preferencia dada por los abogados y jueces a las cuestiones de derecho o a las de hecho, no corresponde a las verdaderas necesidades de la causa, sino que est determinada por motivos tcticos que slo los expertos consiguen leer entre las lneas de las motivaciones.

En otros tiempos, cuando las sentencias de los antiguos Parlamen- tos franceses eran impugnables por error de hecho pero no por error de derecho, pareca suprema habilidad en los abogados la consistente en revestir cualquier duda jurdica con cuestiones de hecho. Lo contrario ocurre con los abogados de casacin, los cuales, para poder recurrir en casacin las sentencias de apelacin, impugnables slo por infraccin de ley, de las ms modestas y concretas circunstancias de hecho, sacan pretextos para disertar de apicibus iuris.

Decir de un juez que sus sentencias son hermosas, en el sentido de que son ensayos de esttica literaria y de brillante erudicin expuesta en vidriera, no me parece que sea hacerle un cumplido. Las sentencias de los jueces deben, dentro de los lmites de las posibilidades humanas, ser sencillamente justas; frente a la seriedad del fin prctico a que deben servir que es el de llevar la paz a los hombres, considerados en el aspecto puramente esttico, quiere decir, si no me equivoco, pensar que la justicia pueda descender al nivel de un entretenimiento literario o de una ejercitacin escolar.

Y no se puede olvidar que, si en las sentencias se apreciara sobre todo la hermosura del estilo literario, el principal mrito de esa literatura habra de atribuirse a los abogados, de cuyos escritos pueden tomar los jueces a manos llenas tales gemas de estilo para engarzarlas, sin trabajo alguno, en las motivaciones de sus sentencias.

Pero el juez concienzudo sabe que, si es lcito copiar de los abogados los adornos de la retrica y de la erudicin, mientras se trate de hacer ms brillantes las premisas dialcticas de su sentencia, en el momento de concluir debe despojarse de toda 5 PIERO CALAMANDREI literatura, a n de escuchar solamente dentro de s la palabra escueta de la justicia, que desdea las frases hermosas y se expresa por monoslabos.

Pero cuntas veces la motivacin es una el reproduccin del sen- dero que ha guiado al juez hasta el punto de llegada? Cuntas veces el juez est en condiciones de darse l mismo exacta cuenta, de los motivos que le han inducido a decidir as?

Se representa escolsticamente la sentencia como el producto de un puro juego lgico, framente realizado, sobre conceptos abstractos, ligados por una inexorable concatenacin de premisas y consecuencias; pero en realidad, sobre el tablero del juez, los peones son hombres vivos que irradian una invisible fuerza magntica que encuentra resonancias o repulsiones ilgicas, pero humanas, en los sentimientos del juzgador.

Aunque continuamente se repita que la sentencia se puede re- ducir a un silogismo en el cual, de premisas dadas, saca el juez, por la sola virtud de la lgica, la conclusin, ocurre a veces que el juez, al hacer la sentencia, invierte el orden natural del silogismo: esto es, primero encuentra la parte dispositiva y despus las premisas que sirven para justificarla. A esta inversin de la lgica formal, parece que el juez se viera inducido oficialmente por ciertos preceptos judiciales, como los que le imponen publicar al final de la audiencia la parte dispositiva de la sentencia es decir, la conclusin , al paso que le consiente demorar algunos das la formulacin de los motivos esto es, las premisas.

La misma ley parece, pues, reconocer que la dificultad de juzgar no consiste tanto en encontrar la conclusin, que es trabajo que puede despacharse en el da, cuanto en encontrar despus, con ms largas meditaciones, las premisas cuya conclusin debera ser, segn el vulgo, la consecuencia. Las premisas aparecen muy a menudo, pese a su nombre, puestas despus; el techo, en materia judicial, se puede construir antes que las paredes. Con esto no queremos decir que la parte dispositiva surja a ciegas y que la motivacin tenga slo la nalidad de hacer aparecer como fruto de riguroso razonamiento lo que en realidad fue fruto del arbitrio; queremos decir solamente que, al juzgar, la intuicin y el sentimiento tienen muy a menudo una participacin ms importante de lo que a primera vista parece; no por nada, dira alguno, sentencia deriva de sentir.

Pero no siempre la diferencia es tan clara: a veces tambin el juez se esfuerza por encontrar a posteriori los argumentos lgicos ms idneos para sostener una conclusin previamente sugerida por el sentimiento. Tambin al juez le puede ocurrir, como al abogado, partir de la conclusin para llegar a las premisas; pero mientras al abogado esta conclusin le es impuesta por el cliente, al juez se la impone aquella misteriosa y clarividente virtud de intuicin que se llama sentido de la justicia.

Ms que en los virtuosismos cerebrales de la dialctica, los buenos jueces confan en su pura sensibilidad moral; y cuando despus se ven obligados a llenar con argumentaciones jurdicas las motivaciones de sus sentencias, consideran esta fatiga como un lujo de intelectuales desocupados, convencidos como estn de que una vez que aquella ntima voz ha pronunciado interiormente su dictamen, no habra necesidad de tales pruebas racionales. Todos los abogados saben que los fallos justos son mucho ms fre- cuentes que las motivaciones impecables; y as, ocurre a menudo que, despus de una casacin por defectos de motivacin, el juez de Instancia 3 P I E RO C A L A M A N D R E I no puede en conciencia hacer otra cosa que reproducir, con mayor habilidad, la parte dispositiva de la sentencia casada.

Esto ocurre porque, a veces, el juez, en quien las dotes morales son superiores a las intelectuales, siente por intuicin de qu parte est la razn; pero no consigue dar con los medios dialcticos para demostrarlo. Creo que la angustia ms obsesionante para un juez escrupuloso ha de ser precisamente esta: sentir, sugerida por la conciencia, cul es la decisin justa, y no conseguir encontrar los argumentos para demostrarlo segn la lgica.

En este aspecto, es conveniente que el juez tenga tambin, aun en pequeo grado, algo de la habilidad del abogado; porque, al redactar la motivacin, debe ser el defensor de la tesis ya jada por su conciencia. A fuerza de leer en las revistas las ms hermosas motivaciones ais- ladas de la parte dispositiva, y de verlas consideradas como ttulo de mrito en el llamado escrutinio para las promociones, hay el peligro de que algn juez se habite a considerar la parte dispositiva como un elemento secundario de la sentencia, es decir: slo como una ocasin para redactar una hermosa motivacin, la cual tendra que ser as, en vez de un puente de paso hacia la justa conclusin, el verdadero n del juzgar.

Se puede tener por cierto que no comprendera la santa seriedad de la justicia el juez que, ms que presentar a los sufrimientos de los litigantes una solucin justa, se preocupase de ofrecer, a la distraccin de los lectores, un ensayo de amena literatura; podra resultar una especie de padre Zappata judicial: el juez que motiva bien y decide mal. A veces, una motivacin descuidada y breve indica que el juez, al decidir, estaba tan convencido de la bondad de su conclusin, que consider tiempo perdido el que se empleara en demostrar su evidencia; como, otras veces, una motivacin difusa y muy esmerada, puede revelar en el juez el deseo de disimular, ante s mismo y ante los dems, a fuerza de arabescos lgicos, la propia perplejidad.

No digo, como lo he odo decir muchas veces, que sea nociva al juez la mucha inteligencia; digo que es juez ptimo aquel en quien prevalece, sobre las dotes de inteligencia, la rpida intuicin humana. El sentido de la justicia, mediante el cual se aprecian los hechos y se siente rpidamente de qu parte est la razn, es una virtud innata, que no tiene nada que ver con la tcnica del derecho; ocurre como en la msica, respecto de la cual la ms alta inteligencia no sirve para suplir la falta de odo.

Tambin los jueces, como todos los hombres, preeren normal- mente moverse siguiendo las vas de la menor resistencia. Si una causa que presenta numerosas cuestiones difciles se puede resolver in limine con una excepcin procesal que ahorre el trabajo de entrar en el fondo, mejor que mejor: se sale ganando. No obstante, hay ciertas pocas en que los jueces preeren las cues- tiones difciles; y cuantas ms plantee una causa, tanto ms la preeren.

La causa haba sido asignada desde el principio, para la instruccin, al juez X, de modo que en el casillero en que el secretario acostumbra depositar los expedientes en curso, el mo hubiera debido encontrarse en la casilla sealada con su nombre.

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